BLOQUEADO

RELATOS DE LA GATERA

Bloqueado

22/07/15
Adri, hoy me has pillado bloqueado: como esa puerta del trastero que no se puede abrir porque la acumulación de trastos ha provocado que la escalera caiga sobre la puerta atascándola.

Así está mi cabeza, atascada; como si la puerta de mi creatividad se hubiera atrancado con el montón de pensamientos que últimamente he ido guardando, sin ordenarlos, mezclando lo urgente con lo importante, lo que quiero con lo que puedo, el deseo con la obligación o las ganas de vivir nuevas experiencias con la necesidad de que todo siga, más o menos, en su sitio.

Son días tontos como éste, días grises de pensamientos plomizos. Momentos ya de sobra conocidos donde una de las sensaciones que más temo, el tedio, se apodera del cristal que hay entre mis ojos y el mundo apagando un poco todos los colores.

¿Será el calor? Seguramente algo tendrá que ver. Llevamos en Madrid unos días de atmósfera irrespirable. Hoy pensaba escribirte acerca de lo importante que son los amigos como seguro de vida; te quería poner de ejemplo esas ocasiones en las que tus cálculos no han sido todo lo exactos que debieran y has pecado de temerario. Por suerte, en esos momentos siempre tendrás un alma amiga que esté dispuesta a compartir contigo el tortazo que el suelo te tenía reservado.

Frustrado por mi propia ansiedad al ver que no conseguía juntar dos míseras frases seguidas, he decidido salir un rato con la bici.

El sol apenas había salido pero ya calentaba los caminos del Pardo con la fuerza del mediodía. Preludio del sofocante calor que hoy nos esperaba a los madrileños. En seguida he empezado a sentir otra vez esa gris sensación de bloqueo; ni me apetecía montar ni encontraba la fuerza para hacerlo; lo peor de este tipo de sensación es que su tremenda y perversa fuerza reside precisamente en el poder de borrar todo lo conseguido hasta entonces. Si bien es cierto que la constancia con la que estoy saliendo últimamente me ha dotado de una forma que hacía tiempo que no tenía, los días como hoy hacen que todo se olvide y parezca que la que ayer volaba sobre la Santa Cruz Chameleon de color blanco por las bajadas del Monte del Pardo fuera otra persona.

Por suerte en ese momento, cuando mi pensamiento principal era darme la vuelta y volverme lo más rápido posible a casa, decidí que ya que estaba allí podía intentar cambiar el ritmo y recorrer unos pocos kilómetros más. Entonces comencé a subir desde la pista que conecta la carretera del Pardo con el Alto de Valpalomero, sin prisas, tranquilamente, a un ritmo fácil.

Una vez allí me he sentado en un banco de madera y el tiempo ha parecido detenerse. En ese momento un nuevo pensamiento se ha ido abriendo paso en mi cabeza; quizá, a fin de cuentas es una suerte poder estar en lo alto de un monte divisando el paisaje hasta donde se pierde la vista.

Poco a poco, mi mente se ha ido relajando y los duendes encargados de ordenar el desván de mis pensamientos han ido haciendo su trabajo, a su ritmo, sin prisa pero sin pausa. Entonces me he vuelto a subir en la bici y he llegado a casa para escribirte estas líneas.

Es una enseñanza básica de la vida, Adriana: cuando estés enfrascada en un tarea que parece que no avanza y la ansiedad empiece a marcarte el ritmo, cuando parezca que has perdido la chispa y que lo que hayas conseguido hasta ese momento es flor de un día, te aconsejo que te pares, cojas aire y, desde lo alto, eches un ojo a tu alrededor. Hasta donde se pierde la vista,

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