PAGANDO RECIBOS

RELATOS DE LA GATERA

Pagando recibos

09/09/15

¿Qué necesidad tengo yo de pasar miedo?

Últimamente no hay fin de semana que no me lo pregunte en voz alta, al menos una vez.

El problema es que yo soy tan pequeño y esta ciudad es tan inmensa y tan gris que cuando tengo la ocasión de volver a sentir la emoción de bailar con la Santa Muerte no puedo evitar dejarme mecer en los brazos de la rotunda emoción de jugarme los dientes. Me resulta imposible dejar de participar en una orgía gravitatoria que me va llevando de tramo a tramo sorteado mil y un obstáculos y cientos de piedras afiladas en virtud de una destreza adquirida con el paso del tiempo. No hay nada como sentir que todo a mi alrededor se vuelve insignificante y las preocupaciones mundanas se escapan igual que se pierde de vista la espuma negra por el desagüe del lavabo a través de un remolino.

En estos casos sería de locos no perder la cabeza: no ausentarse del mundo, aunque sólo sea por diez minutos, aunque exista la pequeña posibilidad de no volver a abrir los ojos. Desconectar, como se dice ahora: trascender, esa es la palabra.

Volverme aluminio, caucho y aceite: ser bici y bajar… bajar como bajó Ícaro cuando el inefable sol fundió la cera de sus alas, como si mi mundo se parara y pudiera llegar al final de ese sendero cinco minutos antes de que empezara a dar pedales.

Cuando se te eriza el pelo y sientes las sangre bombear a través de cada centímetro cuadrado de tu piel, cuando la vista se te agudiza y el oído se afina hasta el punto de que podrías escuchar como choca contra el suelo cada gota de agua vertida por el cielo plomizo del otoño, cuando sientes un sudor frío recorriendo tu espalda en sentido ascendente y un extraño movimiento de vísceras te dificulta la respiración. Cuando te posee el éxtasis más absoluto y casi te fundes con ambiente, cuando sabes que nadie entiende qué maldita suerte de locura es la que te lleva a volverte a tirar y después decir que no tienes necesidad de pasar miedo. Cuando te juegas todo por conseguir que se te pare el corazón una décima de segundo, cuando te das cuenta de que el duelo no era a primera sangre, sino a muerte. Cuando se te despierta ese gen tan suicida, tan egoísta, primario y brutal, cuando eres capaz de medir en milímetros la distancia que te separa del desastre, entonces, y sólo entonces, puedes decir que te has enganchado a la increíble sensación de estar vivo de milagro.

Esto es estar vivo de verdad, Adriana. Lo demás es, simplemente, seguir pagando recibos.

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