SED DE OTOÑO

RELATOS DE LA GATERA

Sed de otoño

14/08/15

Un año más, Adriana, llegamos a la mitad de mi temido mes de agosto. Uno de los meses preferidos de los niños; mes de campo, playa y piscina.

Sin embargo, este es un mes en el que por una u otra razón siempre estoy en mitad de un fin de ciclo. Cada octavo mes del año me pasa lo mismo: voy en un barco que navega a la deriva; unas veces dominado por olas que amenazan con convertirme en un náufrago y otras veces, sin embargo, estoy en mitad del mar sin una mísera brizna de aire. Sin un soplo de aire fresco que me haga el favor de acercarme a alguna orilla donde empezar nuevos proyectos y poder guardar en el desván de mis recuerdos los fracasos que he ido acumulando. Con el paso del tiempo, estos recuerdos se verán recubiertos por una pátina de polvo y añoranza serena y me volverán un poco más mayor y un poco más sabio.

El mes de septiembre, en cambio, es uno de los meses del año que más me gustan: septiembre ese mes en el que el sol calienta pero ya no quema y las noches se envuelven en un aroma de frescor ausente en los meses anteriores. Es el mes de volver a empezar, de estrenar zapatos e ilusiones. Septiembre es el mes ideal para volver a enamorarse de la vida.

Pasada ya la atmósfera cansina e irritante del mes de agosto, el otoño poco a poco, empieza a insuflar aires de cambio a nuestra existencia. A finales de septiembre la luz del sol languidece de manera heroica en un continuo atardecer. Son esos días en los que todo está por estrenar y el recuerdo infantil de las ilusiones renovadas invade todo nuestro ser. Son días en los que acercarse a cualquier zona de playa, ahora desierta y escuchar el canto del mar dejando que nuestros pensamientos, desordenados por el calor del verano, se vayan ordenando liberando sitio en nuestra mente.

En Madrid, el otoño es la época de los tonos naranjas combinados con ese sol que parece sacado del Museo del Prado. Son tardes de serena locura para pasear por la Calle Mayor de Alcalá de Henares o por la calle Fuencarral: tardes en las que dejarse sorprender por la lluvia caminando por El Retiro entre mares de hojas secas mientras buscamos cobijo en el que compartir un rato con quién estemos en ese momento.

Esas tardes, que son epílogos de mañanas sin este tremendo calor del mes de agosto. Días de campo en los que el suelo no está ni tan seco ni tan duro como en verano. En los que ir tomando curvas se convierte en una danza cuasi sensual entre el ciclista y la bici. Las ruedas muerden el suelo con firmeza y toda la fuerza que aplicamos sobre los pedales se convierte en movimiento.

El otoño es la estación en la que el movimiento se convierte en arte, y el arte, como muy bien sabes, Adriana, es el pegamento de nuestros sueños.

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