TRAS UN AMOR DE LOCURA

RELATOS DE LA GATERA

Tras un amor de locura

28/07/15

Es curioso ver lo cretinos que pueden ser algunos padres intentando convertir las vidas de sus hijos en una suerte de epílogo de los sueños que nunca alcanzaron.

Verás; el domingo pasado íbamos subiendo en bici por la Barranca Óscar, Juan y yo. La verdad es que aquella no fue mi mañana e iba bastante justo de fuerzas. El caso es que hubo un momento en el que un hombre de mi edad y el que parecía ser su hijo me adelantaron. Lo inquietante de esta escena reside en que el niño no debía tener más de ocho o nueve años y su querido padre le iba alentando, a mi juicio de una manera excesiva para que no bajara el ritmo hasta llegar a una fuente cercana.

Una vez en la fuente, los ciclistas que se encontraban allí no dejaban de elogiar el rendimiento del niño. Su padre, henchido de orgullo no paraba de ratificarlos, mientras daba instrucciones a su chico incidiendo en detalles del estilo de si se debía quitar el casco o no, la cantidad de agua que tenía que beber, el tiempo de descanso…  ¡me pareció de locos! ¿Cómo podía ser que un niño que debería estar en cualquier parque jugando con sus amigos y montando en bicicleta desde un columpio hasta otro estuviera entrenando en las duras rampas de La Barranca?

Hay padres que harían mejor en emborracharse a diario hasta no ser capaces de acertar con la llave en la cerradura de la puerta de su casa que afanarse en torturar de esa manera tan burda y mezquina a sus chavales. Al menos destrozarían su propio presente y no el futuro de nadie. Estoy seguro de que tarde o temprano llegará el día en que ese niño le reproche a su padre haberle quitado tiempo para descubrir por si mismo cuáles son sus aficiones y sueños. Llegado a una edad, ese crío le afeará a su progenitor no haberle dejado tiempo para jugar y de esta forma descubrir por si mismo cual es el camino que le dictan sus sueños, no los sueños de su padre.

 ¿Sabes una cosa, Adri? La vida está hecha para perder la cabeza: no existe nada que me despierte más admiración que observar como una persona valiente consigue volcarse con aquello que ama de verdad de un modo obsesivo, rozando la locura, escapando del terrible remolino enfermo que nos arrastra a buscar la aprobación de este mundo tan perfectamente compartimentado, racionalizado, esterilizado y catalogante.

Son los amores locos los que no separan de lo mediocre de la vida; Llegar a volar es relativamente fácil. El problema muchas veces es que hipotecamos nuestras alas buscando la felicidad en la aprobación de nuestros padres, jefes, novias, amigos o del mismísimo Espíritu Santo.

 Persigue tus sueños, Adriana, los tuyos. No bailes nunca al son de nadie. Y si algún día gastas tus últimos veinte euros para coger un tren a ninguna parte, asume las consecuencias y no dejes que nadie se equivoque por ti.

Mientras te quede una gota de sangre, mientras exista ese pensamiento fugaz que, como una chispa te invite a deshacerte de ese uniforme que te ha tocado y salir corriendo campo a través, ten por seguro que los riesgos que puedas correr escapando de tu jaula de cristal estarán justificados. Podrás decir adiós a los días en los que lo único que haces por mojarte es ver las gotas de lluvia chocarse contra tu ventana. Cuando decidas lanzarte a la aventura de vivir tus sueños, y sólo los tuyos, te perseguirán grandes sombras negras. A menudo pensarás que no merece la pena poner el mundo del revés buscando algo que es posible que no sepas ni lo que es. No desfallezcas; tu felicidad nunca será como la planeó nadie. Huye de este mundo de miseria, abre tus alas y sobrevuela este paisaje gris.

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