Otoño

Poco a poco, el ambiente cargado del mes de agosto va cediendo a la sutileza reposada del aroma a otoño.

El otoño, efectivamente, huele a madera, a tierra húmeda y sobre todo, huele a nuevo, a ganas de volver a casa y abrigarse con una manta. El otoño tiene algo que nos devuelve a  nuestros días de niño como ninguna otra estación del año. Cada vez que vemos que un chico vuelve al colegio, nos vemos a nosotros mismos el primer día de clase. El final del verano es tiempo de renovar el armario, de volver a cuidar nuestro aspecto irremediablemente desaliñado por las altas temperaturas, es momento de estrenar zapatos y volver a pisar fuerte movidos por ilusiones renovadas.

El otoño es, sin duda, el hogar de lo sublime y cada gota de agua que nos regala el cielo de octubre deslizándose sobre nuestra ventana al mundo es una lágrima del niño que fuimos a la puerta del colegio el primer día del curso, del niño que aun eres tú, Alberto.

Salgo a rodar y me dejo envolver por la suavidad de los tonos ocres, por el olor a leña quemada, la bruma tras la que aparece un sol asoslayado, como de perfil, cuya luz, más suave que la de meses atrás, me lleva por un decorado de claroscuros donde un millón de matices me recuerdan que es hora de volver a empezar, de volver a enamorarse de la vida. El aire fresco acariciando mi rostro agudiza mis sentidos y me recuerda que, de momento, sigo vivo.

La bici avanza rápidamente, sin levantar polvo, sigilosamente, sobre una inmensa alfombra de hojas secas. Recorriendo sendas cuyas curvas reproducen una y otra vez nuestra propia sonrisa al sabernos poseedores del increíble privilegio de poder salir en bici por la Sierra de Madrid en el mes de octubre. A vista de pájaro, el paso de un ciclista entre los árboles es una flecha cortando el viento. Es un animal moviéndose rápidamente por su hábitat, como una sombra apenas visible por unas décimas de segundo.

Poco a poco, el verano va cediendo espacio a la estación de los eternos atardeceres, a la celebración de los sentidos. El otoño, con su clima más templado y su ritmo sosegado -como las hojas que van cayendo- nos devuelve el equilibrio perdido durante los días de verano. Si la primavera altera la sangre, el otoño la devuelve a un estado de equilibrio y nos reconcilia, devolviéndonos -a ratos- a nuestra patria primera, que no es otra que nuestra propia infancia.

 

 

 

 

 

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