Vuestro padre y el setenta

Hay una cosa que me revienta especialmente en mi trayecto diario en bici hacia mi puesto de trabajo; coincidir con el setenta. La línea setenta de la EMT cubre el trayecto entre la Plaza de Castilla y la Plaza de Alsacia cruzando por completo el eje Arturo Soria-García Noblejas y, en consecuencia, su trayecto coincide en un ochenta por ciento con el mío, que discurre entre el punto más occidental del barrio del Ventilla y la calle de Julián Camarillo cruzando, prácticamente en su totalidad, el citado eje Arturo Soria- García Noblejas.

 

El caso es que no hace muchos días me crucé con el temido setenta. El problema que tengo con el dichoso autobús es que habitualmente lo suelo pasar mientras está recogiendo viajeros. Así mismo, el setenta suele recuperar la distancia perdida en sus obligatorias paradas y me adelanta en las numerosas rectas de Arturo Soria, lo cual es un engorro.

 

El caso, hijos, es que como quiera que en verano el organismo del ciclista responde al esfuerzo de una manera más eficiente que cuando las temperaturas son más bajas, decidí que ese día el famoso autobús no me iba a rebasar más. Ese día no.  Así que, una vez que percibí que en la siguiente parada el setenta tendría que parar a recoger viajeros, aproveché para apurar el ámbar de uno de los cruces de Arturo Soria para tomar algo de distancia con mi perseguidor.

 

Como quiera que la suerte costumbra a sonreír al que va en cabeza, empecé a enlazar semáforos en verde mientras que mi perseguidor no tenía más remedio que pararse a recoger pasajeros en casi todas las paradas, que detenían el avance del furibundo vehículo articulado como las zarzas entorpecen al dragón que va a la caza de la liebre.

 

La temperatura era ideal, como lo suele ser en el Madrid de finales de mayo y mi corazón no paraba de bombear sangre haca las piernas mientras que mi cerebro iba gestionando todos y cada uno de los cambios de ritmo que amenazaban con dejar en nada lo ganado por una energía que se basa prácticamente en la inercia, como es la que mueve una bicicleta hacia adelante.

 

Ay…la inercia. La inercia en la bici es como la luz de las estrellas: la luz que alimenta nuestras ilusiones es el destello que el cuerpo celeste emitió hace varios años, de la misma forma que la bici se mueve gracias a la inercia provocada por un esfuerzo inmediatamente anterior y, precisamente, saber perder la mínima inercia posible en cada cambio de ritmo es lo que diferencia andar en bici de la sensación de volar sobre la bici.

 

Una vez que dejé de escuchar el bramido bronco del setenta, el Ibiza GTI de una compañera de trabajo me adelantó en la recta que separa el cruce de José del Hierro con el de la Calle de Alcalá pero, para mi sorpresa, me volví a cruzar unos minutos más tarde con mi compañera, que se encontraba detenida en el semáforo del cruce de Julián Camarillo cuya luz verde se iluminó justo a tiempo para no tener que pararme y dejar a todos los coches atrás. El semáforo de mitad de la calle, que se puso en rojo justo entre mi bici y el Ibiza de mi compañera hizo el resto para darme una pequeña lección de vida que ahora os transmito a vosotros: mi determinación de que iba a llegar antes que el setenta me hizo llegar a mi destino antes que una compañera que iba en coche.

 

Así que la moraleja está clara: en los años venideros vuestra grandeza se va a medir por los desafíos que os atreváis a encarar.

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