La última caída

La Habanera de Carmen me revolotea en la cabeza mientras el sabor a hierro de la sangre que brota a borbotones de mi boca colapsa mis papilas gustativas.

Postrado en el suelo, al lado de la bici, en mitad del campo, trato, en vano, de fijar en un punto concreto mi mirada, que no está mirando a ningún sitio mientras mis ojos, que aun reflejan la crudeza del miedo, señalan al infinito, al cielo trufado por algunas hojas secas cansadas de aguantar en las copas de los árboles, cuyos claroscuros forman un caleidoscopio que percibo como el trágico final inesperado de la más triste historia de amor.

En seguida llega el personal de los servicios de emergencia y mi cuerpo se contrae y se vuelve a relajar al son de los electroshocks que me van administrando. Los últimos centímetros cúbicos de aire que me unían a la vida abandonan mis pulmones en una última exhalación y poco a poco dejo atrás el miedo a lo desconocido y la pena por lo que me voy a perder y floto en un mar de paz, cálido pero que no quema, que me eleva a un lugar más humano y luminoso, más sosegado. Sin duda, mejor.

Entonces escucho tu voz, que me devuelve a este mundo.

-La última caída debió ser tremenda.

Es lo único que acierto a decir, postrado en esta cama de hospital mientras contemplo tu rostro cuya sonrisa tímida, trata de imponerse a tus ojos llorosos.

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